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¿Quieres? - Capítulo 31

Jueves tuve mi primer examen, de ahí mi ausencia por el blog esta semana :(. Y respecto al capítulo, que más vale tarde que nunca. Lamento el retraso pero... si no se puede, no se puede. Y ya nada más, que os dejo ya leerlo. Gracias a las que siempre estáis ahí, por la paciencia que estáis teniendo con mis retrasos ;).

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Capítulo 31 – Con faldas y a lo loco

“Aún dos días antes de la boda”


-¡Oh! Samantha… es precioso. ¡Muchas gracias! –expresó mi hermana, claramente agradecida por el gesto de su compañera de trabajo.

-¿Este tipo de fiestas no se hacen cuando vas a tener un hijo? –inquirió Jake con ironía, haciéndome reír.

Por suerte para mí, ni el trió de rubias, ex compañeras de universidad de mi hermana, ni la otra oxigenada compañera de trabajo, escucharon nuestras risas, pues parecían estar más entretenidas en su pequeña batalla por ver quien le hacía el mejor regalo a la novia.

Ese había sido el comienzo de lo que en principio, amenazaba con ser la fiesta de las fiestas, al menos así lo había gritado Alice, nada más poner un pie en el jardín de casa. Pero… bien fuera por la copiosa comida que los chicos nos habían traído antes de desaparecer entre gritos y risas, rumbó de nuevo a casa de mi cuñado para comenzar con su gran fiesta, o bien por mi exceso de sueño, producto de una larga noche de charla con mi otro yo, la monotonía y lentitud con la que las amigas de mi hermana le iban dando sus regalos, me hacían pensar claramente que esta fiesta, mucho tenía que envidiarle a las del tipo mencionadas por mi amigo.

Ni siquiera los regalos se salvaban, ¿quién regala un kit de maquillaje, a alguien que estaba a punto de casarse? ¡Si hasta me estaban entrando ganas de bajar alguno de los conjuntos de ropa interior replegados por mi maleta!

-Señor, esto es peor que pasar la tarde de domingo jugando al parchís con la abuela –protestó Ángela, mientras ocupaba de nuevo su sitio en el asiento que quedaba libre a mi izquierda-. Hasta he intentado suicidarme con la taza del wáter al escuchar de nuevo esas risas histriónicas.

-¿Y perderte esta súper fiesta? –inquirí irónica, haciéndola fruncir el ceño-. ¿Un té? ¿Una pastita? –pregunté con mofa, señalándole la mesa repleta de aquellos manjares propios de cualquier celebración, que había a menos de medio metro de nosotros-. Son de mantequilla –añadí, haciéndome con varias de aquellas dulces pastas.

-Dame una a ver si exploto y termino ya de sufrir –susurró, cogiendo un par de aquellas pastas de mala gana. Había que reconocer, que aquellas galletas no estaban del todo malas-. Definitivamente, tu prima y tú sabéis como montar una fiesta. Lo lleváis en los genes –mugió de nuevo haciéndome reír, ganándome con ello una mirada de mi prima.

De no conocer a Alice como lo hacía, habría pensado que la teína del té, sería el único estimulante que tendría toda la fiesta. Pero aquella mirada pilla, que ahora de nuevo volvía a estar centrada en mi hermana, ocultaba algo más. Y a juzgar por aquella loca cabecilla, algo gordo.  

-De saber que iban a hacerle regalos habría traído algo. No se… unas esposas, un látigo –habló Jacob, tras masticar una de las galletas que hacía unos instantes le había dado, mientras mi hermana se concentraba en abrir otro de los paquetes envueltos.

El más importante de todos, al menos eso es lo que pensaba la portadora.

-¿Cuál es tu regalo Bella? –inquirió Ángela. La mantequilla industrial parecía haberle devuelto la ironía.

-Créeme, ser dama de honor junto a ella –suspire en resignación, cuando mis ojos no pudieron evitar centrarse en Jessica-, es el mayor regalo que puedo hacerle.

Y de pronto, esa risa tan molesta llenó el pequeño salón, mientras una Rosalie emocionada, le abrazaba en gratitud a su obsequió, bajo las risillas y comentarios de Renee, mi prima y aquel cuarteto de rubias, sobre los muchos usos que podrían darle a ese camisón de seda, uno bastante minúsculo por cierto.

Y hortera, debía añadir.

-Como no deje de reírse, lo usaré como mordaza –susurró Ángela, añadiendo un nuevo uso a aquel regalo.

Y si no lo hacía ella, lo haría yo.

-Que bichos estáis hechas, la chica no es tan mala –comentó Jacob, en alusiones a la susodicha. Rápidamente se ganó una mala mirada por nuestra parte.- No me miréis así, es el tipo de clientas que más dinero deja en el negocio. ¿Os imagináis organizar su boda? –inquirió entre risas, alzando sus cejas.

Por la expresión de su rostro, seguro que se imaginaba a él mismo bañándose en una bañera repleta de dólares.

-Jacob, ni se te ocurra. No pienso pasarme la vida en un loquero, con Jane ya he tenido suficiente –resopló Ángela.

Y aquella contestación no hizo más que recordarme la conversación pendiente con Jake.

-Jacob –llamé su atención-.  Ángela me ha contado antes lo de Jane y yo…

-Bella nena, no tienes que preocuparte por nada –me interrumpió rápidamente.

Sus palabras, al igual que su sonrisa eran sinceras.

-Pero lo hago, y no puedo evitar hacerlo cuando esta en riesgo tu trabajo y aquello por lo que has luchado tantos años –confesé abrumada.

La sola idea de que por mi culpa Jacob perdiera, o viera en peligro aquello por lo que tanto había luchado, bastaban para dar rienda suelta a la intranquilidad.

-Bella, no le tengo miedo –sonrió de nuevo, a la vez que sujetaba y acariciaba una de mis manos-. Necesito algo más que Jane Vulturi para amedrentarme –fanfarroneó en un intento por tranquilizarme.

-Pero…

-Bella –suspiró-. ¿Me ves preocupado? –los rasgos de su rostro me indicaban que no-. Dime, ¿crees que estaría aquí si estuviera nervioso? –negué de nuevo-. Tranquila –sonrió- disfrutemos de este fin de semana. Lunes será otro día.

Asentí a sus palabras no muy convencida. La duda seguía ahí pero sabía que intentar despejarla en este momento era tarea inútil,  Jacob era más tozudo de lo que podría llegar a serlo yo. Pero aunque ahora sonriera, y llenará mis oídos con palabras tranquilizadoras, sabía que había algo más detrás, algo que le había hecho marcharse de Boston en un intento de poner tierra de por medio y no pensarlo más.

Algo de experiencia tenía en esa materia.

-¡Si! ¡El número siete! –gritó de pronto Alice, llamando la atención de todos. Ella ni se percato de ello, pues en un resorte, que provocó el impacto de su móvil contra la alfombra que cubría el suelo del salón, se levantó del sofá donde estaba sentada, para danzar su minúsculo cuerpo hacía la puerta de la entrada mientras canturreaba…- ¡Por fin, por fin, por fin!

-¿Que le ha dado a esta? –inquirió Ángela, mientras mis ojos seguían los saltitos de mi prima hacía la puerta.

-¡Ese debe ser el strippers! –voceó Jake.

El alto bullicio formado por las amigas de mi hermana ante el comentario de Jacob, disminuyó en seco cuando tras la puerta, se asomó una larga cabellera rubía, seguido de metro ochenta de estatura y curvas de infarto. Hasta el moreno de mi amigo palideció al verla.

Si aquella chica tenía que desnudarse, desde luego se había equivocado de sitio.

-¡Chicas!, ella es Tabatha –anunció Alice, completamente emocionada. A su lado, aquella rubia aún parecía más alta-. Es asesora de Taper´sx, y ha venido a instruirnos y estimularnos en el amplio mundo erótico. 

¿Taper que?... ¿Mundo que?... ¡Si no eran ni las cinco de la tarde! Y yo que creía que con el té sería suficiente.

-¡Esto ya empieza a gustarme! –bramó Ángela, acomodándose en el sillón.

Seguía sin poder creerme lo rápido que había cambiado la dinámica de la fiesta, mientras observaba como aquella profesional, acomodaba su amplio maletín en la mesa en la que hacía un par de horas habíamos comido. De fondo, el jolgorio de las invitadas hacía contraste con mi cada vez mayor impresión.

-Chicas por favor, necesito toda vuestra atención –reclamó la visitante, antes de comenzar a presentarse.

-Ya pensaba que nunca vendría –susurró Jake, llamando mi atención que hasta el momento luchaba por no imaginarse todo lo que aquella gran maleta plateada contenía en su interior.

-¿Tu lo sabías? –inquirí, mirándole de frente.

-Algo escuche ayer cuando Alice nos recogió en el aeropuerto –respondió con naturalidad. Ahora me cuadraban las palabras de Edward, cuando aludió a una reunión que mi amigo no podía perderse.

-Por eso tu insistencia por venirte con nosotras ¿eh? –sonrió, guiñándome uno de sus ojos, antes de que la nueva rubia volviera a ganarse toda mi atención.

-Los folletos que Alice os está entregando, son una guía de lo que hoy hablaremos –Estas completamente loca, le susurre a mi prima, cuando se acercó hasta mí para darme aquel panfleto. Con un codazo, Jacob me alertó de que volviera a mirar a la ilustradora oxigenada-. Contiene dibujadas las partes mas importantes de nuestra anatomía, las zonas más erógenas, tanto de la mujer como del hombre –añadió, mirando fijamente a mi amigo, causando con ello las risas de Ángela-, además de dibujos explicativos de las mejores posturas para estimularlas –siguió diciendo, pero yo no pude seguir escuchándola, sabía que abrir aquel folleto conseguiría traumarme de por vida, pero aún así, mis manos actuaron antes que mi mente y, omitiendo a esta, hicieron justo lo contrario a lo que debían.

¡Madre de dios!

Ahí estaba la imagen que a partir de hoy formaría parte de mis sueños. El órgano sexual femenino a todo color y extensión, bajo el titulo de… “Tu suelo pélvico y tú”.

Se que es un poco de locos abrumarse por estas cosas, y más cuando eres una tía de veintisiete años, hecha y derecha, con plenas facultades mentales y conocimiento de sobra de que aquella imagen que mis ojos no podían dejar de mirar, no era más que un reflejo de lo que se escondía entre mis piernas. Pero… verlo tan de cerca, tan nítido, con esos colores… con esas formas dibujadas tan perfectas… ¡Dios mío!, si hasta podía contar todos los músculos y tendones que lo componían…

-¿Nunca os habéis mirado… con un espejo? –pregunto algo pudorosa, la futura culpable de mis desvelos nocturnos.

¿Si nunca nos habíamos mirado?... ¿Con un espejo?... ¿A-A-¡Ahí!?

-¿Tu nombre es? –me pregunto a mi directamente. Y casi casi estaba convencida de que la causa se debía a ser la única que no tenía la mano levantada.

-Be-Bella –tartamudee.

-Bella. ¿Nunca te has… mirado a ti misma? –enrojecí al momento con su pregunta. Esto no estaba pasando-. ¿Y nunca has sentido curiosidad por hacerlo? –inquirió de nuevo, ante mi falta de respuesta.

Todas, incluida ¡MI MADRE!, me miraban como si de un bicho raro fuera, haciendo que la incomodez y la vergüenza aumentaran por minutos. ¿Qué pasa?... ¿es que se había puesto de moda mirarse así misma? ¿Tan raro era no hacerlo?

Pero si creía que aquel sofocón acababa ahí… Bueno;

-Puede que ella no lo haga, ¡pero si tiene a alguien para mirárselo! –bramó Ángela, haciendo que mi cara se tiñera de un rojo furia, aún más intenso que el color del vestido de la recién llegada.

Respira Bella, tu solo concéntrate en respirar.

-Bueno, espero que a partir de hoy, pueda despertar tu curiosidad –sonrió Tabatha, y yo no pude más que imitar aquel gesto, en un intento por destensar los músculos de mi rostro.

-Voy a matarte –masculle en un susurro, dedicado única y exclusivamente a mi amiga.

-No te quejes porque te he hecho un favor –espeto ésta-. Mira como ya no te miran con burla, ahora lo hacen con envidia –añadió con cierto retintín, consiguiendo con ello que volviera a levantar la vista del suelo.

Tal como me había indicado Ángela, el triplete de rubias junto a Jessica, continuaban mirándome por encima de sus hombros. Pero a diferencia de cómo lo habían hecho hacía unos minutos, aquellas miradas parecían llevar incrustada la palabra envidia. Justo aquella misma palabra que había despertado en ellas, nada más verme junto a Edward en el jardín de casa, y justo aquella que les corroyó cuando éste, en una nueva prueba de su gran valía como actor, se despidió de mí con un beso nada esperado por mi parte.

Beso que por unos instantes, disipó todas mis dudas hacía él.

El regocijo en el que se había aislado mi mente por el recuerdo de la envidia que había suscitado aquel beso, desapareció tan rápido como la voz Tabatha se volvió a filtrar en el ambiente.

Como había imaginado en un principio, aquellos panfletos explicativos solo eran el aperitivo de lo que realmente se escondía en aquella gran maleta. Lubricantes de todo tipo de texturas, olores y sabores, yacían esparcidos por la mesa, junto a aceites para la piel de la misma variedad a sus predecesores. Muestras de cremas, perfumes y geles para la higiene mutua de la pareja, que sin querer me trasladaron de nuevo a mis recuerdos con Edward en aquella ducha de Seattle, se paseaban entre mis manos, bajo las exageradas risitas y comentarios que las amigas de mi hermana hacían sobre la lencería, no solo textil, sino también masticable, con la que aquella chica nos iba ilustrando, e incluso una gran variedad de afrodisiacos comestibles, entre los que se encontraban un gran surtido de pastillas potenciadoras del alivido, vitaminas para potenciar la estimulación, y sprays con efectos retardantes y potenciadores.

En otras palabras, lo que aquella mujer contenía en su maletín, bien podía bautizarse como la viagra moderna del mundo naturalista, pues ninguno de aquellos productos contenía algún componente químico, cosa que reitero Ángela, tras leer bastante interesada la composición de  todos y cada uno de ellos. Vamos que en cuestión de apenas unos minutos, el mito de las fresas, el champán, las ostras o la canela como afrodisiacos por excelencia, había quedado reducido a eso, a un mito.

Y pensar toda la parafernalia que se ahorrarían los protagonistas de las novelas rosas en sus conquistas. Nada de ostras y champán, a partir de hoy, con un vaso de agua y una pastillita… listo para disfrutar durante horas… 

Tras una explicación exhaustiva, en la que Jacob se presto más que dispuesto para que aquella rubia embadurnara su torso y espalda con toda aquella multiplicidad de cosméticos, causando así estragos en las féminas presentes, las cuales veían en él todo un stripper profesional, llegó el turno de los juguetes, y a juzgar por la gran variedad que Tabatha nos iba mostrando a cada segundo, yo no podía más que hacerme dos preguntas;

Una, ¿quién necesita un hombre con semejantes aparatos? Y dos ¡¿de donde habría sacado aquella chica esa maleta?! Y no por su contenido, no, eso ya que se lo indicaran a Ángela, a mi solo me bastaba con una igual en la que cogieran todas mis cosas.

¡Por dios! ¡Si solo había que verla para recordarte a la de Mary Poppins!

Pero si aquella amplia gama de vibradores, clasificados por tamaños, grosores y movilidad, no consiguieron que mis ojos se salieran de sus orbitas, si lo hicieron las fundas que en cuestión de segundos yacieron sobre mis manos. Si, he dicho bien, fundas, y no precisamente de esas que se hacen con la misión de resguardar los teléfonos móviles, no. Están tenían otra función más… más… Vamos que no tenían otra misión que la de proteger el miembro viril masculino, o mejor dicho, estimularlo.

Al diablo con aquellos consejos publicados en revistas púberas donde te explicaban como… manipular manualmente el órgano sexual de tu chico, si este tenía problemas a la hora de excitarse. Al diablo también con la regla que dice que el tamaño no es importante, y con los típicos consejos para retrasar el momento sublime de su orgasmo, o aquellos otros que tuvieran problemas a la hora de conseguir el de sus parejas. A partir de hoy, todo aquello se podía solucionar con una simple funda de silicona. De todas las medidas, texturas y sabores por supuesto, no fuera ser, que las, o los, hubiera que prefirieran meterse eso en la boca en lugar de… lo que viene estando debajo de esa funda vamos.  

¡Si hasta las había especialmente fabricadas para encontrar el punto G! Y yo que ni siquiera sabía que existieran fundas para los mandos de la televisión… ¡Que narices! ¡Ni siquiera sabía si tenía punto G!...

Madre mía, lo que avanzaban las tecnologías.

Pero el momento estelar de la tarde, llego sin duda de la mano de China. China… que decir de ese país comunista tan venerado por unos y odiado por otros, ese país lleno de tradiciones arraigadas, ese país tan rico en historia, patrimonio y reliquias… ese, con el que se había bautizado el producto estrella por excelencia de toda la reunión, aquel que fue motivo de los mayores silbidos, “las bolas chinas”.

Aunque de China tenían poco, pues según Tabatha nos contó, el país origen de semejante utensilio era Japón, pero vamos, que aquel dato histórico era lo menos relevante. Lo importante sin duda era lo que aquellas dos simples bolitas circulares unidas entre sí a través de una simple cuerdecita, del diámetro inferior al de una moneda de cinco peniques, al menos por norma general aunque, como en todo, las había de mayor y menor tamaño, eran capaces de hacer…  

-Estas dos simples bolitas poseen una doble función. Terapéutica, pues fortalecen la musculatura pélvica, evitando así problemas como la incontinencia urinaria o el vaginismo. Pero principalmente, y de ahí su gran fama, son potencialmente estimulantes.

-Que me lo digan a mí –susurró Ángela de forma socarrona, intentando llamar con ello mi atención, puesta profundamente en Tabatha.

Si aquel objeto despertaba tanta expectación, habría que probarlo ¿no? Dios mío, ya estoy desvariando.

-Terapéuticamente, basta con usarlas quince minutos al día para ejercitar nuestra vagina. Podéis ponéroslas mientras limpiáis por casa, mientras vais a hacer la compra, o que se yo, mientras vais a dar un paseo por ejemplo. Lo ideal es que las llevéis mientras os movéis, para aprovechar al máximo su funcionalidad.

-¿Y no son incómodas? –pregunte sin más.

Tan absorta estaba en su explicación, que ni cuenta me había dado cuenta del momento en el que había tomado aquella reunión como las típicas explicaciones del colegio, el instituto o la universidad, de esas que van despertando tu curiosidad junto a tus dudas, esas explicaciones que te motivan a preguntar.

-¿Incomodas de colocar o de llevar? –inquirió Tabatha, con una sonrisa. Para ese momento todas las miradas volvían a estar fijas en mí.

Si, ¿qué pasa?, soy una curiosa. Y además, en mi vida había usado nada parecido.

-De llevar… No se, no parece que sean como llevar un tampón, tienen que molestar al andar –añadí sin más. De fondo escuche de nuevo el murmullo de la voz de mi amiga.

-Para nada –sonrió de nuevo “la profesora”-. La sensación que sentimos al caminar con ellas puestas, se traduce en pequeñas vibraciones nada molestas. Y algunas clientas me han comentado que eso, sumado al morbo que les da el llevarlas puestas en un sitio público, hace que al llegar a casa estén completamente excitadas.   

-Sobre todo si tienes a alguien esperando en casa impaciente por quitártelas –voceó mi hermana de forma taimada, causando las risas y ovaciones de todas.

-¿Te imaginas a Edward quitándotelas? –inquirió Jake bajo todas aquellas risitas, matando de golpe la mía, y no exactamente porque me molestaran sus palabras, todo lo contrario.

De hecho, ya casi podía sentir a Edward entre mis piernas, su aliento golpeando mi centro y sus dedos hurgando mi cavidad minuciosamente en busca de aquel maravilloso objeto imaginario, cuando…

-¿Y dices que estas que llevan más bolitas son para estimular? –pregunto de pronto, la inconfundible y pintoresca voz de mi madre, trayéndome de vuelta de nuevo a aquel salón.

Pero si aquella pregunta no terminó por matar de golpe toda la excitación, producto de mis divagaciones, si lo hizo su reacción eufórica ante la contestación que le dio Tabatha.

Vale que para el sexo no hay edad pero… si esa persona que da saltitos de alegría mientras canturrea y pregunta posibles nuevos usos, inimaginables hasta ahora por mi mente, sobre lo que parecía ser un collar compuesto por bolas chicas, es la persona que te ha traído al mundo pues… la cosa cambia, radicalmente.

-¡Charlie! –gritó de pronto mi progenitora, haciendo que todas giráramos el cuello dirección hacía la puerta que gracias a los gritos eufóricos no habíamos escuchado abrirse.

Ahí estaba la figura estática de mi padre, contemplando a penas sin parpadear a una Renee, rodeada de lubricantes, bolas chinas y vibradores, mientras ésta extendía sus manos enseñándole todos los productos que estaba dispuesta a comprar.

-Me alegra que ya estés aquí, ¡así puedes ayudarme a elegir que me llevo! –grito la susodicha. Hasta la nuez se le tensó a Charlie, ante aquellas palabras.

-No voy a poder dormir en meses –susurre volviendo la vista al frente. Por el rabillo de mis ojos pude ver como mis dos amigos me miraban entre risas.

Claro, ¡como no eran sus padres a los que me estaba imaginando usando aquellas bolas!


La cosa no quedó ahí. Tabatha resulto ser una esteticista bastante reconocida, no solo en todo lo relacionado al erotismo, sino también en el amplio mundo de la depilación.

De poco sirvieron mis excusas, ante la insistencia de mis amigos porque entrase a la habitación que mi madre le había habilitado para desempeñar aquellos servicios, tan pronto me encontraba en el pasillo  intentando convencer a aquellos dos cabezotas de que la cera y yo, no éramos muy buenos amigos, lo estuve acostada sobre la improvisada camilla, en aquella habitación que rezumaba a cera caliente por cada una de sus cuatro esquinas.

Y aquel olor, sin duda era sinónimo de dolor.

Vale Bella, tranquila, ¿qué son unos cuantos tironcitos?, me dije a mi misma cuando sentí la gelatina hirviendo sobre mis muslos vírgenes.

Gracias a que solo era pelusilla, palabra utilizada por Tabatha para describir al poco vello que tenía en mis muslos e ingles, aquellos tironcitos quedaron en eso, leves tironcitos que me hicieron preguntarme el porque seguía utilizando la cuchilla como método de depilación. Y tal era mi emoción por no haber sentido dolor alguno, que sin dudar, deje que aquella depilación profundizara más. Pero, como era de esperar por alguien que no pensara con mi lógica, hay zonas en las que el dolor se intensifica.

Uno, dos… así hasta seis, fueron los tirones que me dejaron imposibilitada a mantener relaciones sexuales lo que restaba de fin de semana. Y puede que hasta incluso sin voz, ya que esta desapareció en el último tirón. La parte positiva de todo, es que estaba segura de que durante la boda no podría llorar cuando me emocionara, pues mis lágrimas, al igual que el pelo de mi pubis, tardarían tiempo en volver a hacer acto de presencia.

Ni siquiera fui capaz de escuchar aquella rubia maligna cuando, ya en pie, y vestida de cintura para abajo nuevamente, me explico como ponerme las bolas chinas que había decidido regalarme. Ni siquiera el hecho de aquel regalo me causo alguna conmoción,  ¡ya lo estaba! ¿Y quien no lo estaría al sentir el tacto por completo de la tela de las bragas?,  ¡si hasta podía sentir como me hacían cosquillas!

Al menos eso, parecía mitigar un poco el dolor.

Por supuesto omitiré la parte en la que tras mi desnudo pélvico, y animada, o más bien obligada por aquella chica que desde hoy sería el mismísimo demonio para mí, me encerré en el baño con un espejo. Solo diré, que aquello que vi, consiguió que olvidara de golpe todas las imágenes de mis padres juntos utilizando los productos de aquella maleta, o más bien, aquello que no vi, ya que no había rastro de vello en mi. ¡Ni uno! Y cuando digo ni uno, ¡es ni uno!

Bueno… al menos, lo que se escondía entre mis piernas no parecía ser desagradable, más bonito incluso que el órgano sexual masculino era, eso desde luego.

“Mira el lado positivo Bella, al menos Tabatha, a conseguido que te mires a ti misma.” 

Si… Aunque eso no cambiaba el hecho de que seguía sintiéndome desnuda.

-¿Como ha ido Bella? –inquirió Jake con mofa, nada más entré a mi habitación, tras una corta ducha que al menos, había conseguido quitarme la sensación pegajosa del cuerpo.

-Borra esa expresión de tu cara –espeté con acritud, mientras intentaba sentarme de la forma menos dolorosa, sobre los pies de mi cama-.  Tu como mi amigo, podrías habérmelo dicho.

-¿Y perderme esa cara? –bramó entre risas, mientras terminaba de recolocarse los botones de la camisa negra que vestía-. Espero que la esteticista me haya hecho caso. No me mires así –dijo ante mi mirada escrutinia-, quiero un recuerdo de tu cara del momento estirón –de nuevo rió con fuerza. A mi no me hacía ninguna gracia.

Y yo que pensaba que la llegada de mi prima Alice, sería el salvavidas perfecto para huir de Renee… ¡Que ingenua había sido!

-¿Qué es todo esto? –pregunte cuando al girar el cuello, me encontré con un vestido extendido sobre la colcha de mi cama.

A este se sumaban varias de las prendas que tan “sutilmente” Ángela había metido en mi maleta, junto a unas medias, casi transparentes, color negras, que bien sabía, no podría ponerme.

-Lo que te pondrás esta noche –contestó sin más.

-Pensaba que solo era tu maniquí en Boston.

-Es uno de mis últimos diseños –dijo con una brillante sonrisa-. Lo escogí exclusivamente para ti, cuando Ángela me comento que vosotras debíais vestir de rojo, salvo la novia, que lo haría de blanco –y por sus palabras, estaba claro que yo iba a ser la última en enterarse de los preparativos para la despedida de soltera de mi hermana.

-Gracias por el detalle. No me había traído nada rojo para la ocasión –aún sin mirar a mi amigo, sabía que este tenía una expresión de arrogancia pintada en la cara por mis palabras.

Y yo en su lugar también la tendría, pues el vestido verdaderamente era precioso. Algo simple, de tirantes finos pero con un marcado escote en V, que como él bien sabía, ayudaría a realzar más mis pechos y mis piernas, pues a juzgar por su largura, no llegaría a tapar más que la mitad de mis ahora, más que suaves muslos. El color borgoña parecía resaltar más en aquel tejido mezclado con seda y licra, del cual se distinguían unas finas líneas asimétricas que descendían desde el pico del escote, cruzando toda la zona de las costillas hasta perderse por la franja de la espalda.

Pero sin duda, lo que más capto mi atención, fue la ropa interior que parecía completar aquella prenda. Escueta, diminuta y trasparente, muy transparente, así podía describirse aquello  que mis ojos ahora se negaban a dejar de mirar.

-Es que Alice nos ha contado el plan para esta noche –comenzó a explicar mi amigo, cuando alce con el dedo aquello que se suponía, era el culote. Entre el encaje trasparente, y mi falta de vello, verdaderamente si me sentiría desnuda.

Aunque aquello no parecía ser lo importante, pues a juzgar por su mirada pilla, aquel plan parecía que me iba a interesar.

-La idea es juntar a Emmett y Rose esta noche, lo que supone mezclar ambas fiestas, lo que significa que…

-Veré a Edward –susurre antes que él-. ¿Tú también piensas igual que Ángela? –inquirí ante su sonrisa taimada.

-Querida –suspiro mientras se sentaba a mi lado-, os vi con estos dos ojitos.

-¿Y por lo que se has hablado con él esta noche? –pregunte, aunque más bien era una afirmación.

-Si, pero no pienso decirte una sola palabra. Soy un caballero –susurro con dignidad. Ni siquiera me limite a insistir. Apenas había pensado en Edward en toda la tarde, pero fue escuchar su nombre y sentir como por dentro todo se me removía-. Te has pillado por él ¿verdad?

-Ajam –asentí sin apartar mi mirada abstraída de las losetas del suelo-. Pero…

-¿Pero? –inquirió-. ¿Ha pasado algo? Parecía que todo estaba bien mientras hablabais en el jardín.

Salvo que mi prima me salvo de no tirarme encima de sus brazos… no, nada. Edward ni siquiera me había preguntado el porque, tan inesperadamente, había rehusado a que se acercara a mí.

-Lo que viste hoy forma parte de un acuerdo, igual que lo que viste ayer, y lo que hubo anteayer… Todo no es más que un acuerdo.

-Hay cosas contra las que simplemente no se pueden luchar –y ese precisamente había sido mi caso. Tanto me había dejado llevar que al final…

-Ya, bueno, da igual, solo quedan dos días. El domingo todo se acabará, Edward desaparecerá de mi vida, y yo volveré a mi normalidad, en Boston –respondí monótona.

Aquellas palabras si eran algo que no debía olvidar.

-Bella… Tu de…

-¿Se puede? –pregunto Alice, tras tocar y abrir la puerta de mi habitación-. Espero no interrumpir nada.

-Para nada –respondió Jacob, levantándose de un resorte de mi lado-. De hecho, me vienes genial para vestir a Bella, ya que Ángela no se ni donde esta.

-Se vestirme sola –susurre con acritud. ¿Qué era yo? ¿Un muñeco?

-Por si acaso –susurro él en respuesta.

-Ángela esta con Tabatha. Hablando de… dejémoslo en hablando –simplifico Alice entre risas.

-Eso no suena muy bien –murmuro Jake, justo aquello que yo estaba pensando.- Voy a ir a ayudar a la pobre, antes de que la vuelva loca.

-Tus amigos son geniales –comento mi prima, una vez mi amigo se perdió tras la puerta de mi habitación.

-¿Si? –inquirí alzando las cejas-. Pues si quieres volver a contar con Tabatha, mas vale que vayas tu también, antes de que salga escopeteada de aquí.

-Mientras tía Renee no se acerque –respondió, haciendo que ambas rompiéramos a reír. Desde luego, si de alguien tenía que huir Tabatha, era de mi madre-. La verdad es que me viene bien que estemos a solas. Quiero hablar contigo.

-Vale –susurre animada, algo contrario a lo que parecía reflejarse en su rostro.

Tras un suspiro, y un leve asentimiento por su parte, Alice acorto la distancia marcada por ella.

-Que tarde más movidita ¿verdad? –inquirió una vez se sentó a mi lado.

-Si. Creo que tengo que darle la razón a mi amiga Ángela, soy un muermo organizando despedidas de soltera, a mí jamás se me habría ocurrido lo de la asesora.

-Se te habría ocurrido algo mejor.

-No creas, soy de limitada imaginación –para según que cosas, claro-. Pero dime, ¿Qué querías decirme? A menos que estés aquí para que comentemos lo de esta tarde, cosa que dudo.

-Dudas bien –susurro, matando de golpe mi risa-. Verás, yo no se si hago bien en contártelo pero… ya no puedo callar más, llevo haciéndolo mucho tiempo.

-¿De que se trata? –inquirí frunciendo el ceño. La expresión de su rostro no pintaba que fuera algo bueno.

-Es sobre Jasper.

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Se aceptan las apuestas chicas, ¿que va a decirle Alice? :p

¿Quieres? - Adelanto capítulo 31

¡Chicas!, como estoy inmersa en la Mie..., dejemoslo en bonitos examenes, no se cuando voy a poder terminar el siguiente capítulo, puede que el jueves, puede que el viernes, puede que ya el fin de... vamos que no lo se, y como no quiero haceros esperar mucho sin nada, os dejo un pequeño adelanto del siguiente capítulo ;). 

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Adelanto - Capítulo 31

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Ahí estaba la imagen que a partir de hoy formaría parte de mis sueños. El órgano sexual femenino a todo color y extensión, bajo el titulo de… “Tu suelo pélvico y tú”.

Se que es un poco de locos abrumarse por estas cosas, y más cuando eres una tía de veintisiete años, hecha y derecha, con plenas facultades mentales y conocimiento de sobra, de que aquella imagen que mis ojos no podía dejar de mirar, no era más que un reflejo de lo que se escondía entre mis piernas. Pero… verlo tan de cerca, tan nítido, con esos colores… con esas formas dibujadas tan perfectas… ¡Dios mío!, si hasta podía contar todos los músculos y tendones que lo componían…

-¿Nunca os habéis mirado… con un espejo? –pregunto algo pudorosa, la futura culpable de mis desvelos nocturnos.

¿Si nunca nos habíamos mirado?... ¿Con un espejo?... ¿A-A-¡Ahí!?

-¿Tu nombre es? –me pregunto a mi directamente. Y casi casi estaba convencida de que la causa se debía a ser la única que no tenía la mano levantada.

-Be-Bella –tartamudee.

-Bella. ¿Nunca te has… mirado a ti misma? –enrojecí al momento con su pregunta. Esto no estaba pasando-. ¿Y nunca has sentido curiosidad por hacerlo? –inquirió de nuevo, ante mi falta de respuesta.

Todas, incluida ¡MI MADRE!, me miraban como si de un bicho raro fuera, haciendo que la incomodez y la vergüenza aumentaran por minutos. ¿Qué pasa?... ¿es que se había puesto de moda mirarse así misma? ¿Tan raro era no hacerlo?

Pero si creía que aquel sofocón acababa ahí… Bueno;

-Puede que ella no lo haga, ¡pero si tiene a alguien para mirárselo! –bramó Ángela, haciendo que mi cara se tiñera de un rojo furia, aún más intenso que el color del vestido de la recién llegada.

Respira Bella, tu solo concéntrate en respirar.

....

¿Quieres? - Capítulo 30

Pasada ya la nube en la que he vivido los últimos días, por culpa de cierta película que con tan solo recordarla, ya era motivo suficiente para hacerme suspirar, aquí os traigo nuevo capítulo de esta historia que a mas de una le esta dando dolores de cabeza, y no hablo solo por mi :p

Veo que más o menos todas, las que soléis comentar digo, no habéis tenido muchas dudas respecto al anterior capítulo. El resto tampoco, ya que tampoco habéis preguntado nada :p. Me alegro que así sea, no porque me alegre de que no lo hagáis, si no porque demuestra que no quedó tan mal lo que yo quise plasmar.

Visitas inesperadas, sentimientos a flote, una boda a pie de altar, aún muchas dudas sin resolver y otras que vienen en el intento de aclararlas, y eso solo, quedando dos días para la boda… Poco tiempo ¿no?... ¿O quizás sea el suficiente?...  No se, no se…

De momento, aquí os dejo con la cabecita de Bella :p. No sin antes daros las gracias a mis soletes por levantarme el animó con sus comentarios. Me gustaría contestaros una por una, pero… a la altura que ya esta la historia, y sabiendo como se lo que le pasa a los protagonistas, creo que si lo hago, o bien os podría liar, o bien daros más pistas, y quiero que os baséis en vuestra propia percepción de lo que vais leyendo, no en ellas :p.

 Y sin más preámbulos…


Capítulo 30 – Loca, pillada… perdida.

“Dos días antes de la boda”


Apenas pude pegar ojo durante la noche. Las palabras de Ángela retumbaban en mis oídos, haciéndome imposible conciliar el sueño. Y cuando lo conseguía, el culpable de todos mis desvelos se materializaba en mi mente, sobresaltándome en mitad de la noche. Y no precisamente porque esos sueños fueran malos.

-¿Para ti ya no es un simple contrato verdad?

Hay estaba la clave de todo. Y su respuesta la evidencia que con tanto ahínco me había negado a admitir.

No, para mí ya no era un simple contrato. Todo lo vivido durante los días anteriores, las sensaciones, las reacciones de mi propio cuerpo… ¿Cómo seguir negando lo incuestionable cuando a Edward solo le bastaba una mirada para convertir mi cuerpo en pura arcilla?

Implicada emocionalmente. No sabía en que medida, pero si sentía la fuerza de esta, la sentía en la boca de mi estómago con tan solo pronunciar su nombre. La sentía erizando cada poro de mi piel con cada uno de los recuerdos. La sentía en el centro de mi pecho por su ausencia, y eso que solo habían pasado unas pocas horas desde que se fue. Y eso que sabía que iba a volver…

¿Qué pasaría entonces cuando de verdad no volviera a verlo?

Me negué a mi misma a contestar aquella pregunta. No podía hacerlo todavía, no cuando seguía sin saber como había pasado esto. No cuando por más que mirase al pasado, seguía sin entender en que punto de todos estos días dejo de ser lo que era para convertirse en algo más.

¡Esto no podía estar pasándome a mí! Si apenas lo conocía… Es… es imposible pillarse por una persona que a penas conoces de unos días. Es… es materialmente imposible, ¡¿qué sabía de él?! ¡¿Qué?!

Y de nuevo su recuerdo respondió a todas mis dudas. A las pasadas, a las presentes, y a las posibles futuras.

Estaba pillada por él, como una quinceañera, como creí no volver a estarlo por nadie, como jamás recordaba haberlo estado por nadie.

Y la gran pregunta era ¿en que posición dejaba eso a Jasper?

No hacía mucho me había hecho una pregunta parecida, y aunque continuaba sin saber muy bien la respuesta, tenía claro que su recuerdo ya no dolía. Ni siquiera sentía aquel rencor por como hizo las cosas.

¿Como iba a sentir algo por Jasper si en mi cabeza ahora mismo solo había cabida para una persona? Edward, aquel al que pague para que fuera mi pareja en todo un circo lleno de mentiras, aquel que aceptó con una simple sonrisa, aquel que había convertido mi mundo patas arriba.

“Estás jodida Bella”, susurro mi otro yo. Y eso que aún me faltaba por saber la parte bonita de toda esta historia.

¿Mis sentimientos serían recíprocos?... Y de ser así ¿en que medida?

¡Señor! Al igual que mi vida, mi cabeza era un completo desastre.

-Vas a chamuscarte el cerebro de tanto pensar –susurro Ángela con voz adormilada. Sus ojos negros ahora fijos en mí, contrastaban con el blanco impoluto de la sábana.

-¿Te he despertado? –pregunte con una sonrisa, mientras su cuerpo se revolvía intensificando el volumen de la maraña en la que se había convertido su pelo oscuro.

-Tu cuerpo no. Tu mente… parece una olla exprés –ironizó, incorporándose y quedando sentada sobre la cama, con la espalda apoyada al cabezal de esta.

-No podía dormir –susurre a la vez que apoyaba un pie sobre el resquicio de la ventana en la que llevaba sentada más de una hora.

-¿Por fin te has aclarado? –asentí con la mirada perdida hacía suelo-. ¿Y que vas a hacer ahora?

-Nada –dije en un suspiro, sin dejar de negar con la cabeza-. No, no puedo hacer nada –me encogí de hombros y volví a centrar mi vista en la calle amplia y solitaria que tenía a mi izquierda-. Esperar supongo –susurre abstraída por el suave follaje de las copas de los árboles-. Esperar a ver como se dan las cosas. Esperar a ver si es un simple capricho y se me pasa.

Al igual que aquellas hojas a las que ahora miraba con tanto interés, a mi no me quedaba de otra que esperar. Ellas esperan los cambios de estaciones para desatar los nudos que las atan a su hogar, en busca de otro nuevo, otro lugar desconocido. En el peor de los casos bajo la rueda de algún coche, o en el interior de la basura. En el mejor, en el interior del libro de una niña soñadora.

Yo ya no era ese tipo de personas. En ocasiones intentaba recuperar aquel encanto propio de la niñez, y durante los minutos que duraba aquel sueño era feliz. Pero luego me golpeaba la terrible realidad.

-¿Y hablar con él? –inquirió mi amiga en un susurro.

-Bella, y si te dijera que esto puede durar lo que tu y yo queramos...

Cerré los ojos ante aquella idea tan perfecta en apariencia.

Le confesaría mis sentimientos, él los correspondería, volveríamos a Boston y…

¿Entonces que?

Mi castillo de naipes se caía antes de ser levantado. Ni siquiera podía imaginarme una vida con él, porque ni siquiera sabía como era su vida. ¿Viviría en un piso o en una casa? ¿Al norte o al sur de la ciudad? ¿Iría al gimnasio por las mañanas? ¿Haría su propia colada o sería de los que mandan a que se la hagan? Su día a día… ¿Cómo sería su día a día?

Y por las noches… ¿Sería ese su horario de trabajo?

¡Dios mío, era un chico de compañía! Me estaba pillando por el chico al que pague para que me acompañara.

Hay estaba mi cruel realidad, esa que hacía que los sueños no duraran más que unos pocos minutos. Él estaba aquí, conmigo sí, pero porque yo le había pagado para que lo hiciera. No nos habíamos encontrado por la calle, ni éramos compañeros de trabajo. Nada nos unía salvo aquel contrato verbal y una cifra que desde el primer día estuvo en su bolsillo.

¿Cómo podía siquiera pensar en hacerme ilusiones con algo tan efímero?

Sería bonito… si. Pero solo en apariencia.

Y en mi cruel realidad puede que yo le gustara, la atracción sexual era patente por parte de ambos, pero el profundizar… Eso era otra historia.

-Bella, y si te dijera que esto puede durar lo que tu y yo queramos...

Si… podía durar ¿pero el que?... ¿Qué era “esto”… cuando lo único que había realmente era sexo?...

-Bueno, aún es pronto para decidir nada, dejemos que pasen estos días –susurró Ángela, acercándose hasta mí y poniendo una de sus manos sobre mi espalda, en un intento de reconfortarme-. Después pensaremos en algo – añadió. Y no pude más que devolverle aquel gesto con un abrazo.

-Os he echado de menos –musite sobre su cuello-. Mucho.

-Lo se cielo –respondió intensificando el abrazo-. No eres nadie sin nosotros –aquella broma le valió un ligero estirón de pelo.

-¿Bella estas…? –pregunto Rose, asomando su rubia cabellera por la puerta-¡Hey! ¡Yo también quiero un abrazo! –grito abalanzándose hacia nosotras.

-Chicas… me ahogo… socorro –de poco servían mis gimoteos, aquellos cuatros brazos parecían adherirse a mi cuerpo a cada segundo con mas fuerza-. ¡Chicas, me vais a tirar! –proteste de nuevo y ante la falta de comprensión, no pude más que unirme.

Si no puedes con el enemigo únete a él. Aunque en ocasiones como las de hoy, cualquier gesto de cariño se agradecía, aunque fingiera mi mejor sonrisa para no mostrar mi necesidad de el.

-¡Trió de holgazanas! –gritó Renee desde el patio delantero de casa. Aquellos brazos se liberaron de mi automáticamente, cosa que agradecí profundamente-. ¡Bajar ahora mismo hasta aquí a ayudarme! –siguió vociferando, mientras recuperaba el oxigeno que aquel par de locas me habían hecho perder.

-¡Ya bajamos mama! Chicas no hay tiempo que perder. ¡Oficialmente ya es mi despedida de soltera! –gritó Rose completamente emocionada, corriendo escaleras abajo.

-¡Ehhh! ¡Fiesta! ¡Vamos Bella! –canturreo mi amiga, dando saltos de alegría.

¿Y luego la loca era yo?

Estaba claro que, si lo que quería era dejar de pensar, algo me decía que no sería difícil.


-Chicas, debéis abrir todas las cajas y separar los manteles de la boda, de los verdes que vestirán las mesas en la cena de ensayo de mañana. Lo mismo con las servilletas y las fundas de las sillas. ¡Y no olvidad contarlos y comprobar su estado! –reiteró Renee, señalándonos con el dedo, antes de darse media vuelta, dirección hacía los empleados que habían venido desde Seattle con el mobiliario para la boda.

-¿No debería ser yo quien diera los ordenes? –inquirí irónica.

Aún a lo lejos, podía escucharla repetir una y otra vez, el correspondiente orden en el que debían ir colocadas las veintiuna mesas.

-Es mama, ya sabes lo mucho que le emociona estar al cargo de todo –susurró Rose, totalmente abstraída en la misión de desdoblar, observar minuciosamente y nuevamente doblar, para después separar cada una de las telas.

-¡Haced lo mismo con la vajilla, la cuadrada es la de la cena, y la redonda la de la boda! –gritó Renee, haciéndome fruncir el ceño.

Ángela, que apenas había conseguido abrir la primera de sus cajas, dejó esta para dirigirse hacía el extremo derecho de la larga mesa, en la que en menos de dos días se serviría el menú de la boda.

No pude evitar sonreír ante el malestar de su rostro por la dificultad que le acarreaba abrir las cajas. Patosa.

-Entiendo que hayan distintos tipos de manteles pero… ¿dos vajillas, dos cuberterías y dos cristalerías? –inquirió mi amiga en un suspiro-. Decidme que esto no tendremos que ponerlo también nosotras.

-Agradece a los del servicio del catering, ellos lo harán por ti –vacilé ante su expresión dubitativa.

Y de nuevo el silencio se ciño sobre nosotras, solo roto por el sonido de las mesas y sillas que se arrastraban contra la tarima superpuesta de parqué, seguidos por los gritos de una, cada vez más, encolerizada Renee.

-¿Ya esta? ¿Estos son los planes para hoy? –inquirí -. ¿Contar manteles, y cuberterías? ¿Qué hay de esa fiesta loca para despedir tu soltería? –añadí sarcástica.

Tenía miedo de que aquel silencio me aislara de nuevo en mis pensamientos.

-Tú, como una de mis damas de honor, deberías saberlo –escupió con ironía la aludida.

-Yo me lleve la parte chunga en el reparto de obligaciones. Alice es la dama de honor indicada –respondí sagaz, ganándome un guiñó cómico por parte de mi hermana.

-Debí encargarte esa parte a ti, al menos ya estas aquí.

-¿Bella preparando una fiesta? –inquirió Ángela, en respuesta a las palabras de Rose. La expresión de su rostro me alertó que se avecinaban trapos sucios-. ¡Por poco mata de un infarto a la última novia a la que le organizó la despedida!

¡Bingo!

-¿Qué hiciste?

Ni siquiera me dio tiempo a responder a una curiosa Rose, para cuando el enmudecimiento desapareció, mi amiga ya estaba dispuesta a soltar su versión distorsionada de los hechos.

-Solo te diré, que aquí tu hermana debería actualizar su agenda de strippers –respondió con diversión.

-¡Venga ya Ángela! Ese hombre solo era un poco más mayor que la media –escupí con acritud.

-Un poquito Bella, ¡un poquito! –abrió sus ojos desmesuradamente- Rose, ¡ese hombre tenía más arrugas que una pasa!

Las carcajadas de mi hermana ante los chirridos de mi amiga, ensombrecían cualquier sonido que hubiera a nuestro alrededor.

¡¿Por qué nunca estaba Renee cuando verdaderamente la necesitaba?!

-Era entrado en años si, pero… se movía muy bien –intenté decir en mi defensa, aludiendo las palabras de Ángela, y centrando mi atención en uno de los manteles que tenía entre mis manos.

Sabía que su respuesta no se haría esperar, aquel hombre podría ser muchas cosas, pero no precisamente un buen bailarín.

-¡Bella por favor! –replicó como esperaba, haciéndome cerrar los ojos en un gesto de negación-, ¡si casi se parte la pelvis quitándose el cinturón aquel bombero!… apaga fuegos.

La repulsión con la que susurró aquellas dos últimas palabras, estremeció todo mi cuerpo ante el recuerdo de aquel intento de bailarín.

Que digo de bailarín ¡más bien de hombre!... Uno que por cierto no tenía ninguna dignidad, o al menos, ningún espejo cerca.

-Dios mío –susurró mi hermana.

Por la expresión de su rostro, y la forma en la que soltó las servilletas que desde hacía rato contaba, Ángela había conseguido que no solo yo visualizara aquella escena.

-Fue un error de la agencia a la que llamé, por lo visto el hombre todavía no se había jubilado, yo no tengo la culpa de eso –comenté en un nuevo intento por defenderme.

Pero ya no había defensa posible. Aquella historia había pasado a encabezar mi propia “LCB”, lista de chapuzas de Bella, como así había bautizado Jacob mis errores.

Aunque si me paraba a pensar todos los días de atrás, el ranking de esa lista seguro que cambiaba.

-¿Pero a que agencia llamaste? ¡¿A una experta en bailarines o a una experta en años?! –prosiguió Ángela. Sin duda alguna hablar de aquello era mejor que echar el tiempo atrás-. Aún no he olvidado su amenaza de sacar la manguera…

-Vale, está bien –suspire pesadamente, soltando de golpe la tela de entre mis manos.

El recuerdo del alias con el que se hacía llamar aquel hombre tenía un pase, pero la comparación con la que ese hombre bautizo a su miembro, me hizo recordar porque desde aquel día el cuerpo de bomberos ya no me provocaba ninguna fantasía. Pesadillas más bien.

-Ahí la cague un poco –admití ante las miradas divertidas de aquel par de dos-. Pero reconoce que te he dado muy buenas ideas para alguna de las despedidas que tú has preparado –presumí-. La del barco sin ir más lejos… Así me hubiera gustado celebrar la mía –recordé centrando nuevamente mi atención, en aquel mantel que se resistía a doblarse.

Y lejos de lo que pensaba que sucedería, aquel recuerdo no tuvo nada de amargo, a diferencia de lo sucedido hacía unos meses cuando le di la idea a Ángela.

¡Por dios! ¿Como pude ser tan idiota? Aquel día me pase dos días llorando, soñando con lo bonita que podría haber sido aquella forma de despedir mi soltería. Y ahora no hacía más que preguntarme ¿cómo podía ser bonito algo donde no estuvieran mis amigos? Aquellos a los que nunca habría conocido de haber celebrado aquella fiesta.

Aunque podría haberse celebrado, siempre y cuando después no me hubiera casado…

Dios mío… ¿había pensado eso de verdad?... Después de todas las lágrimas que había derramado… ¿Cómo?... ¿Cómo podía pensar así después… después de todo aquel dolor?

Puede que fuera yo misma la que se martiriza negándose a olvidar todo aquello, y justo ahora que lo hacía, conseguía lo que siempre quise… Olvidar de verdad.

-Pero como no me case, no hubo necesidad de hacer ninguna despedida –matice entre risas. No dolía… ¡Ya no dolía! Aunque la seriedad en los rostros de Rose y Án, me indicaban que creían lo opuesto-. Chicas, aquello ya paso –dije segura-. No tiene porque seguir siendo algo tabú –añadí.

La perplejidad en sus rostros no cambio lo más mínimo con mis palabras, y apostaría cualquier cosa que por el fruncimiento de sus ceños, sus mentes cavilaban sin parar, en busca de alguna frase con la que compadecerse de mí. Igual que llevaban haciendo desde hacía años. Tres para ser exactos. 

Pero no hacía falta… ya no. Había llegado la hora de pasar página de verdad.

-¡Bella! –los gritos de Renee me sobresaltaron, justo cuando a punto estaba de romper de nuevo el silencio formado con mi comentario-. ¿Dime que aquello que acaban de traer es un error?

-¿El que? –pregunte mirando hacía la dirección de su dedo-. Pues… no –confirmé-. Son los bancos de madera que pedimos para la capilla.

-¿Bancos? –inquirió perpleja-. ¡Bancos! –gritó exasperada. Aunque a este paso, la exasperada iba a terminar siendo yo.

-Si mama, bancos –reitere con resignación-. ¿Te acuerdas de aquella conversación, en la que criticabas todo aquello que fueran sillas o taburetes de jardín? –suspire ante su negativa-. Dijiste que además de incómodos, daban aspecto de boda vulgar –insistí. Como me llamaba Bella que le haría recobrar la memoria-. Dijiste que habías visto unos bancos, tallados en madera antigua, que irían muy bien en la zona donde iría la capilla. De hecho, me mandaste una foto de ellos por internet. ¿Tu te acuerdas de algo de lo que digo Rose? –la aludida asintió y por lo bajini escuche la risa contenida de mi amiga. Seguro que recordaba mi cólera tras aquella conversación telefónica con Renee-. Pues bien mama. ¡Esos son los bancos! –grite con cierta irritación.

Yo no se si ella recordaría algo, pero yo recordaba a la perfección la semana de búsqueda que me llevó encontrar los dichoso bancos, con apliques superpuestos en cobre envejecido, tanto en la zona alta de los laterales, como en los respaldos del mismo.

-Creo… -susurro vagamente- que ya voy recordando. ¡Y son perfectos! –gritó efusivamente, zarandeándome por los hombros, antes de alejarse corriendo hacía la zona donde los estaban descargando.

-Espero que la pequeña chucky llegue antes de que empiece a correr la sangre –escuche susurrar a mi hermana.

-Y de paso que se traiga una caja de Valium. O dos… mejor dos –añadí al comprobar con mis propios ojos, que la euforia de Renee no era del tipo de las que se contenían, ni siquiera con desconocidos.

¿Qué te sorprende Bella? ¡Es Renee! Siempre ha sido así… no se de que me sorprendía ahora.

-Oye Bella, ¿crees que vuestra madre conseguiría bajarle los humos a Jane Vulturi? –susurró mi amiga.

Rápidamente la mire sobre mis pestañas. Aquello si que no olía bien.

-¿Vais a contarme lo que ha pasado con ella? –pregunte inquietada. De fondo podía ver como mi madre continuaba con su danza de la alegría.

¡Señor!

-¿En resumen? –asentí- Nos ha despedido, dice que no entendemos sus necesidades –soltó sin más paños calientes, dejándome aún más impresionada de lo que ya lo estaba.

¿Quién despide a dos días de su boda, a la empresa que se la organiza?

-Pero… pero… ¿Sabes? –inquirí-. No quiero saberlo. Ni siquiera voy a molestarme en seguir preguntándote.

Bastantes problemas tenía ya con todo lo que tenía encima, y no solo hablaba de mis sentimientos hacía Edward, él cual, no sabía porque, tenía que hacer acto de presencia en mi cabeza cuando nadie lo había invitado a entrar en ella.

No hay mal que por bien no venga, y librarse de Jane Vulturi sin duda era un bien mayor, del que gracias a mi hermana yo me había librado.

Esa si que estaba loca comparada con Renee.

-Pues deberías –susurró mi amiga, tijeras en mano para abrir otra de las cajas-. Nos va a demandar, y algo me dice que hablaba muy en serio -¿demandarnos? –Ah, y por cierto, insiste en decir que la culpa es tuya, por dejarla colgada sin avisar.

-¡Pero si yo la avise! –grite.

Ángela se limitó a encogerse de hombros, mientras mi rostro pasaba de la palidez extrema al rojo furia.

-¡Bella! ¡Tienes que venir! ¡Corre! –gritó Renee, desde la zona en la que se estaba instalando la capilla para la ceremonia.

-Lo siento, Bella –susurró Rose, ante mi evidente malestar.

Aunque a diferencia de lo que ella creía, este no se debía a las voces de nuestra madre, sino más bien, a la información que mi mente intentaba procesar.

¿Jane nos iba a demandar? ¿Qué iba a alegar? ¿Falta de comprensión?

¡Señor! ¿Es que no tengo ya bastante con los preparativos de una boda, que más bien parecía la de la reina de Inglaterra, y lidiar con una madre loca que para colmo de males, era la mía?...

Las hay que nacen con estrella, y otras que nacemos estrelladas, y estaba claro que eso es lo que Jane buscaba de mí, lo supe desde el primer día que sus aires de princesa, inundaron mi pequeño despacho…

Pero por mucho sarcasmo que utilizara en este momento, no podía olvidar el hecho más importante de todos. Existía un contrato de por medio, un contrato que nos comprometía, un contrato que yo misma había firmado y no había podido terminar de cumplir, por la insistencia de mi hermana a que viniera unos días antes. Un contrato que, dado el poder de aquella familia, bien podría significar el cierre de la empresa de mi amigo.

Ni siquiera mientras hacía caso a las exigencias de Renee, supervisando la colocación de cada uno de los famosos bancos, pude olvidar el motivo de mi preocupación.

Ahora no dudaba sobre la principal razón por la que había recibido tantas llamadas a lo largo de la semana. Ángela y Jacob podrían estar preocupados por mí, ¿pero al borde de colapsar mi teléfono?... no. Estaba claro que tras ellas estaba la presión de Jane.

¡Por dios! Si había saturado la bandeja de mi correo electrónico, ¿como no fui capaz de pensar en ello antes?

Y antes de que la voz de mi supuesta razón hablara por mí, la causa de mi aislamiento, se volvió a filtrar en mi mente.

Edward.

Dios mío… ¿Qué clase de persona era? ¿Qué chica se olvida de todas sus obligaciones? Por dios ¡no estaba de vacaciones! Que estuviera en otro estado no significaba que tuviera que olvidarme del trabajo. Y lo peor de todo ¿qué clase de persona deja colgado a su jefe? Y más aún cuando este es por encima de todo un amigo.

La misma clase de persona que se pilla por un tío sin apenas conocerlo. Esa era yo. Y la misma que no podía dejar de pensar en él, ni aún teniendo mayores preocupaciones en las que pensar.

Y aún peor, sabía que Jacob sería incapaz de echarme a mí la culpa, alegando que la loca era ella y no yo. Pero él sabía, al igual que yo ahora, que una simple llamada por mi parte, habría bastando para contener a Jane.

¡Dios! Cada día odiaba más mi trabajo. Y cada día eran mayores mis ganas de mandarlo todo al cuerno. Esta no era la vida que yo quería tener, ¿por qué me empeñaba en seguir teniéndola cuando no era lo que quería?

Suspiré pesadamente en un intento por relajarme, si no quería que fueran dos, las bodas que echara a perder en un mismo fin de semana.

Tenía que hablar con Jacob, y tenía que hacerlo cuanto antes...

-¿Me hechas de menos? –susurró una voz a mis espaldas.

Mi cuerpo ni siquiera se sobresalto cuando sentí como su mano tapaba la visión de mis ojos. Ni cuando su respiración rozó mi nuca. Ni cuando su cálido aliento acarició mi oído con sus suaves palabras. Ni cuando aquella voz erizó todo mi cuerpo.

Sabía a la perfección quien era incluso antes de que estuviera a medio metro de mí. Su perfume, el dulce olor de su piel… incluso el sonido de sus pasos al andar…

-¡Edward! –intente sonar sorprendida-. ¿Qué haces…? ¿Qué haces aquí? –y la verdad es que lo estaba porque estuviera allí. Aunque en verdad, mi mente albergaba la esperanza de verlo antes de que la mañana cayera.

Y entonces su mano dejó de ser una venda para mis ojos, y con la ayuda de la otra, que ni siquiera había notado presa a mi cintura, giró mi cuerpo sobre mis propios pies, cual bailarina de bale, y nuestros rostros quedaron uno frente al otro.

-Fuimos a la salida del pueblo a esperar a los amigos de Rosalie y Emmett. Y de paso a traer a Jacob –respondió con aquella sonrisa que tanto había echado de menos.

¡Señor! Si apenas hacía diez horas que no le veía ¿Por qué?... ¿Por qué…? ¿Porque no podía dejar de mirarlo como si hubieran pasado años?

-¿Tan horrible a sido que lo traéis de vuelta? –inquirí con inocencia.

Aunque más que inocencia, era la timidez la que hablaba por mí. Esa timidez que me provocaban las mariposas que Edward había traído consigo para instalarlas en lo más profundo de mi estómago.

Esa que sentía flotando por mi cuerpo con tan solo mirar aquellos ojos verdes.

Esa que solo se siente cuando se está…

-Para nada, él insistió en venir –su voz volvió a sacarme del trance en el que su presencia había llevado a mi mente-. No paraba de hablar de una reunión que no podía perderse. Es un buen tío, y se nota lo mucho que te aprecia –sonrió de nuevo, y mis rodillas a punto estuvieron de flaquear.

-¿Habéis hablado de mí? –pregunte curiosa.

¿Edward le habría preguntado? ¿Se habría interesado por mí? ¿Qué le habría contado Jacob?

Tenía que hablar con él, sonsacarle hasta el último de los detalles, exprimirle hasta que…

Dios mío. Tenía que hablar con Jacob sí, pero no principalmente sobre eso… Céntrate Bella, céntrate. Primero el trabajo, después…

-Algo –susurro arqueando sus cejas de una manera poco formal para las horas que eran-, sobre todo cuando se coló en mi cama.

¿Como podía centrarme cuando le veía sonreír de esa manera, mientras despeinaba aún más su…?

Un momento…

-¡¿Que Jacob ha hecho que?!

-Tranquila, ya no tiene dudas sobre mi sexualidad –respondió, haciendo que mis ojos casi se salieran de sus orbitas-.  ¡Es broma! –suspiré aliviada ante sus carcajadas. Conocía lo suficiente a Jacob para saber que aquello, podría no haber sido una broma.- No ha hecho falta demostrarle nada, pero si tuvimos una larga conversación.

Y mientras finalizaba su respuesta, su mano acarició la mía, quedando esta entrelazada entre mis dedos.

-¿He intuyo que no vas a decirme nada de lo que hablasteis? –inquirí en un susurro.

Las palabras fluían por mi garganta, cerrando con ello mis parpados, mientras me volvía a perder en la absorbente sensación de sentir su piel en contacto con la mía.

Yo… yo ya no tenía ningún remedio.

-Intuyes bien, ni siquiera tus intentos de sacarme información van a servir ahora.

Y aquella sonrisa ladina, torció de nuevo aquellos labios tan perfectos como todo él.

-No es justo, tu cada vez sabes más cosas de mí y yo de ti… nada –dije sin pensar.

Aquellas palabras habían salido de lo más profundo de mí ser.

-¿Quieres saber algo? –inquirió alzando sus cejas, apretando con ello el nudo de mi estómago-. Estás preciosa con el pelo recogido –susurro contra mis labios, unos que instantáneamente sentí temblar bajo su aliento.

Y no fue hasta entonces, cuando realmente reparé en lo increíblemente sexy que se veía Edward aquella mañana.

Una simple camiseta blanca con cuello en V, ceñida a la perfección alrededor de sus fuertes hombros y sus fibrosos brazos, junto a unos vaqueros desgastados que abarcaban su anatomía desde su bajo vientre, unos que le daban aquel toque de informalidad, capaz de hacer derretir a cualquiera. Justo al igual que hacía con sus palabras.

Era perfecto para encandilar a cualquier mujer. Todo él parecía estar hecho para ello. Su físico, sus gestos, sus sonrisas… toda su imagen al completo era perfecta para ello. Para fascinar a cualquiera… justo de la misma forma que lo había hecho conmigo.

Pero aquello no era suficiente. ¿De que me servían a mí todas las reacciones de mi cuerpo, si ni siquiera podía tenerlo?

¿Que garantía tenía que de dijera la verdad? De que sus palabras no fueran más que meras adulaciones.

¿Quién me decía a mí, que todo aquello no era más que un patrón, que estaba siguiendo a la perfección?

-No… no mientas –susurre apartándome ligeramente de él-. Debo estar horrible –fingí llevar las manos hasta la coleta en la que estaba recogida mi pelo, para borrar aquella expresión dubitativa de su rostro-. Ni te imaginas la mañana que estoy teniendo.

Y aquellas mil y una preguntas no ayudaban en nada.

-¿Complicaciones? –inquirió, acortando con un paso la distancia que nos separaba.

Mi reacción fue instantánea, y en su rostro se volvió a instalar la duda cuando volví a separarme de él.

-La boda, Renee, la boda –reí en un intento por disimular.

Y agradecí internamente que no intentara de nuevo acortar la distancia, esa que utilizaba a modo de defensa para no caer.

Pero ya era demasiado tarde… Demasiado.

-Bueno, ya solo quedan dos días –dijo, y su boca se torció en un mohín.

-Si… -suspire tragando mi propia saliva-. Solo dos.


Yo se que es para matarla, si lo se, pero por más que intento razonar con Bella nada, que no quiere caer del burro. Pero es lo que tiene la inseguridad, que no te deja ver más allá de la imaginación que uno mismo se crea. Con lo fácil que sería coger el toro por los cuernos y hablar, y lo complicado que lo hacemos todo intentando protegernos… (Y eso que no  quería dar más pistas ¿eh?)

Marianna, no suspires todavía, que Jacob aún no ha dicho su última palabra :p

¡¡Buen fin de semana chicas!!